por Juan Manuel Lira
En la arena de la política pública, pocas cifras generan tanta esperanza como las que anuncian grandes avances médicos. En su reciente comparecencia por la glosa del informe, el director general del IMSS, Zoé Robledo, defendió un logro notable: un salto en la sobrevida del cáncer infantil del 38 por ciento al 84 por ciento, debido a la estrategia de los Centros de Referencia Estatal para la Atención del Niño y la Niña con Cáncer (ONCOCREAN).
La cifra, ya de por sí asombrosa, fue precedida por un comunicado oficial del propio IMSS (No. 370/2024). En este boletín, el doctor Enrique López Aguilar, titular de la Coordinación Nacional de Oncología, compartió una declaración optimista, afirmando que el Instituto «saldó la deuda generacional con niñas y niños con cáncer», asegurando que la sobrevida pasó de un 38 por ciento a «más de 90 por ciento». Además, apuntó que la letalidad del cáncer y en particular la leucemia, disminuyó a 1.6 por ciento en 2024.
Analicemos la magnitud de esta declaración. Significa que el IMSS no solo habría alcanzado, sino superado, el promedio de curación de Estados Unidos y las potencias europeas, que es del 84 por ciento. Sería, sin exagerar, uno de los mejores sistemas del mundo para tratar el cáncer pediátrico. Resultados de esta magnitud, de ser científicamente corroborables, ameritarían publicaciones en las mejores revistas científicas internacionales.
Sin embargo, la narrativa de este incremento en la sobrevida del 84-90 por ciento y de la disminución en la letalidad del cáncer infantil en tan solo cinco años (los primeros ONCOCREAN iniciaron en el 2020), se enfrentan a una realidad más compleja: la de sus propios registros en el boletín de mortalidad de la Coordinación de Vigilancia Epidemiológica.
El análisis de los registros de los menores de 19 años fallecidos por cáncer revela que si la narrativa del 90 por ciento de sobrevida (curación) fuera real, el número de muertes anuales habría disminuido drásticamente.
Con datos oficiales de los ONCOCREAN y del boletín epidemiológico, la tasa de letalidad total fue de 22.3 por ciento, y la letalidad por leucemia fue de 16 por ciento, cifras 13 y 10 veces mayores que su comunicado oficial del 1.6 por ciento.
¿Cómo se explican estas discrepancias? La respuesta está en una confusión de métricas. El IMSS no está midiendo la «Sobrevida Global a 5 Años» (la tasa de curación real) que es el estándar de medición internacional (Cancer J Clin. 2025). Está midiendo una métrica distinta y también valiosa: la «Mortalidad Temprana en Cáncer Infantil” que mide la proporción de muertes en los primeros 30 días de iniciado el tratamiento (J Clin Oncol. 2017).
El análisis del boletín de mortalidad confirma que la principal causa directa de muerte registrada no es el cáncer en sí, sino el «Choque Séptico» (casi el 30% de las muertes). Aquí yace un éxito real e incuestionable de la estrategia ONCOCREAN (17.6 por ciento de reducción de muertes tempranas de 2020 a 2024 en niños menores de 9 años). Significa que un número significativo de niños fallecía por complicaciones de la quimioterapia (infecciones) antes de que el tratamiento tuviera tiempo de curarlos.
Este logro operativo es plausible, medible y debe ser celebrado, por lo que se debe seguir avanzando con mejores y modernas terapias para el tratamiento no solo del cáncer infantil, sino a cualquier edad; impulsar la medicina personalizada, apoyo emocional en todas las edades, surtimiento oportuno de medicamentos oncológicos y un mayor acompañamiento y capacitación al personal operativo (médicos y enfermeras), pero, sobre todo, mayor transparencia con la industria farmacéutica.
El derecho de los infantes no se protege con cifras creativas. El IMSS tiene un éxito real que celebrar, pero debe dejar de vender un espejismo estadístico de sobrevida (curación). Aún no se ha saldado la deuda generacional con niñas y niños con cáncer. La batalla contra el cáncer infantil no está ganada; apenas está comenzando.