POR: JUAN MANUEL LIRA ROMERO
Esta frase, tan afilada como cierta, abre “La conjura de los necios”, una obra maestra de la literatura que ganó el premio Pulitzer en 1981. Su autor, John Kennedy Toole, no vivió para ver su éxito; se suicidó años antes, incomprendido y derrotado, compartiendo con la famosa dinastía política estadounidense únicamente el apellido Kennedy y un destino marcado por la tragedia.
En su novela, Kennedy Toole nos presentó a Ignatius J. Reilly, uno de los personajes más memorables de la ficción: un inadaptado social que, entre hot-dogs, luchaba contra la falta de «teología y geometría» del mundo contemporáneo. Ignatius creía ser un genio rodeado de necios. Hoy, la realidad política de Estados Unidos nos regala una ironía que ni la mejor literatura podría haber inventado: otro Kennedy, Robert F. Kennedy Jr., ha llegado al poder, y parece protagonizar su propia versión de aquella conjura, pero con consecuencias mucho más peligrosas que una novela satírica.
Robert F. Kennedy Jr., sobrino del expresidente John F Kennedy, fue designado secretario de Salud en el segundo mandato de Donald Trump. A sus 72 años, este abogado llega al cargo no por sus credenciales médicas -de las cuales carece-, sino portando una bandera que ha desconcertado a la comunidad científica: el escepticismo activo contra las vacunas y la desconfianza sistémica hacia la medicina basada en evidencia.
La primera ficha de dominó ya ha caído con estruendo: Estados Unidos ha pasado de ser el gran mecenas de la Organización Mundial de la Salud, el cual aportaba más de 500 millones de dólares anuales, a retirar su financiamiento a esta organización. Para el ciudadano de a pie, esto podría sonar a simple ahorro burocrático, pero la realidad es mucho más cruda: la OMS funciona como el sistema de alarma de la salud preventiva ante el mundo. Al retirar los fondos, Estados Unidos desconecta los sensores que nos avisan de enfermedades que pueden afectar de manera global como por ejemplo una nueva pandemia.
Para México, esta no es una anécdota lejana, sino una amenaza directa. Mientras al norte del Río Bravo se desmantela la seguridad sanitaria por capricho ideológico, aquí navegamos aguas turbulentas con un sistema de salud que enfrenta sus propios desafíos de viabilidad financiera y consolidación operativa. No somos una isla; si nuestro principal socio comercial apaga los radares epidemiológicos y debilita su inmunidad de rebaño -como el caso actual del sarampión-, nuestra frontera se convierte en una puerta abierta a riesgos sanitarios para los que, como un sector salud bajo presión presupuestal, existe un margen de maniobra peligrosamente estrecho y, enfermedades como el sarampión vuelven a tocar a nuestra puerta, aunado además a las bajas coberturas en vacunación de los últimos años.
Resulta difícil entender el razonamiento detrás de desmantelar la arquitectura de salud global apenas un lustro después de que el COVID-19 nos enseñara que los virus no respetan fronteras ni tratados comerciales. Salimos de aquella pesadilla gracias a la cooperación científica y a las vacunas. Sin embargo, la administración de los Estados Unidos parece decidida a olvidar esa lección, priorizando una mal entendida «libertad individual» sobre la protección comunitaria.
Regresando a la novela de Kennedy Toole la situación actual nos obliga a reescribir su premisa, porque tal parece que estamos ante el mundo al revés. Ya no es el genio solitario contra los necios. Al parecer, estamos ante una «conjura de los necios» a la inversa: es el necio, con poder y firma, quien ahora conjura contra los genios de la investigación científica. Y en esta nueva novela, lamentablemente, los que pagamos el precio de la trama -a ambos lados de la frontera- somos todos.